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Te observé una y otra vez en la Iglesia.

Te observé una y otra vez en la Iglesia, solo, rezando silencioso y vi que era el don de la paciencia en la espera de la voluntad de Dios. Hablamos juntos varias veces de lo que sentías en tu corazón y comprendí que a los humildes el Señor los colma de bienes y a vos, Guille, te llenó de confianza, de aceptación y de paz, aún en medio de las humanas tormentas.

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